Aqui vuelvo con mi rollalti to makensi
Hacía tanto que no escribo, que después de atizarle una hojeada – con “h” de hoja, aunque sin ella y significando “miradita ligera” también hubiese calzado perfectamente según sanciona (*) la RAE – al diccionario, me he dado cuenta de que han cambiado todas las palabras que me sé. La tragedia ha remitido cuando una vez disipado el humo me he dado cuenta de que estaba intentando leer los nervios de una lechuga como si fueran runas.
El caso es que en este lapso –me gustan los truquitos aunque sean baratunis como este- de tiempo me ha dado tiempo a generar complejas teorías sobre el sentido de vivir, la ontología -una preciosidad de palabra, complicadísima de explicarle a los colegas, que ya en su día fue un clásico instantáneo- de la sintaxis, y la idoneidad de cierto tipo de boquilla según la longitud y contenido del venablo de la paz previo a la siesta abisal -“siestival” sería un sinónimo de nuevo cuño, con un matiz si cabe más feliz, que aporto al acervo castellano -.

Don Camilo propugnaba la siesta de pijama y orinal. Esta tambien pinta putamádrida
Y pensando el otro día en esa mala costumbre del inglés, donde “compran” las cosas a las que quieren invitarte, – con un sentido paternalista y mercantil, feo como un pantalón vaquero con solapas en los bolsillos – me di cuenta de que en castellano, en el uso habitual, era realmente infrecuente utilizar esa palabra si no te llevas la mercadería a kelford. En definitiva, “voy a comprarme una caña y unas lentejas” lo puedes oír en el decathlon, pero raro sería que te lo dijera algún fierilla de bar. Y sin embargo la academia solo indica que supone obtener algo por dinero.
Esto me llevo a la reflexión de cuán –ojito con este truquele!, no confundir con el siempre mortífero “cual” (como en “voy a correr cual gacela”) que la peñica usa para pretender un cultismo y resulta tan abochornante que puedes llegar a defecar por los oídos- difícil resulta llegar a comprender los matices reales de una lengua. Y más aun ser consciente de ello, teniendo en cuenta la de gente que se considera bilingüe con una ligereza de ostia –no “de la ostia” porque aquí lo que estamos regalando son aplausos en la cara- por haber aprendido algún idioma durante la infancia, y haberlo practicado un par de veranos. El bilingüismo real prácticamente no existe, solo bajando los estándares hasta el punto de la conversación fluida podríamos llegar a entender que alguna persona talentosa con estimulos parentales bien tempranos, y tiempo para foguearse en los barrios de ambos idiomas, podría llegar a desenvolverse con cierta gracia. Esto sin embargo no soluciona del todo el problema del acento, siempre perceptible por discreto que sea; el control de los matices sutiles – los truquitos, vaya- del idioma; y el fondo de armario de vocabulario, que nunca será equiparable. Creo que la situación ideal se podría dar en lugares donde se hablan dos idiomas indistintamente, y aun así raro es quien puede crujirse una conversación a cualquier nivel formal en dos lenguas distintas. Malabares en dos lenguas vale, bilingüismo efectivo los cojones.